De Landa, Manuel (2024): Ciencia intensiva y filosofía virtual. Buenos Aires: Tinta limón

 

De Landa, Manuel (2024): Ciencia intensiva y filosofía virtual. Buenos Aires: Tinta limón

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Introducción al mundo de Deleuze

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(…) Me enfoco en un aspecto particular pero no menos fundamental de su obra: su ontología. La ontología de un filósofo es el conjunto de entidades que él o ella asume como existentes en la realidad, el tipo de entidades cuya existencia él o ella está comprometido a pensar como reales. Aunque en la historia de la filosofía existe una gran variedad de compromisos ontológicos, hoy podemos clasificarlos aproximadamente dentro de tres grandes grupos: idealismo, empiricismo, y realismo. Para algunos filósofos la realidad no posee una existencia independiente de la mente humana que la percibe, por lo que su ontología consiste en su mayoría de entidades mentales, ya sean pensamientos representados como objetos trascendentes o, al contrario, como representaciones lingüísticas o convenciones sociales. Otros filósofos otorgan a los objetos de la experiencia cotidiana una existencia independiente de la mente, pero no afirman que las entidades teóricas -ya sean relaciones inobservables como las causas físicas, o entidades inobservables como los electrones- posean tal autonomía ontológica. Finalmente, están los filósofos que otorgan a la realidad una completa autonomía de la mente humana, sin tomar en cuenta la diferencia entre lo observable y lo inobservable, y el antropocentrismo que esta distinción implica. Deleuze es uno de esos filósofos realistas, cosa que de por sí debería distinguirlo de la gran mayoría de las filosofías posmodernas, cuyos compromisos ontológicos son fundamentalmente anti realistas.

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(…) Deleuze En particular rechaza muchas entidades cuya existencia es tomada por hecho en formas ordinarias del realismo. Tomando el ejemplo más obvio, en algunos enfoques realistas se piensa que el mundo está compuesto de objetos cuya identidad está garantizada Por la posesión de una esencia, un conjunto básico de propiedades que define su naturaleza. Deleuze no es un realista con respecto a las esencias, ni con respecto a ninguna otra entidad trascendental y, por lo tanto, en su filosofía de explicar qué es lo que les da a los objetos su identidad y qué es lo que se conserva esta identidad a través del tiempo, se tiene que lograr a partir de procesos dinámicos. Algunos de esos procesos son materiales y energéticos, otros no lo son, pero incluso estos últimos se mantienen inmanentes al mundo de la materia y la energía. De esta manera, la ontología del proceso de Deleuze rompe con el esencialismo que caracteriza al realismo ingenuo y al mismo tiempo anula una de las principales objeciones de los no realistas en contra de la postulación de una realidad autónoma (…) no me ocuparé de las palabras de Deleuze sino del mundo de Deleuze.

(…)

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La necesidad de reemplazar las esencias con algo igualmente objetivo es una carga que afecta sólo al filósofo realista, dado que un no realista puede simplemente declarar las esencias como entidades mentales o reducirlas a convenciones sociales. Una manera de pensar el esencialismo es verlo como una teoría de la génesis de la forma, es decir, como una teoría de la morfogénesis en la cual las entidades físicas son vistas como realizaciones más o menos fieles de formas ideales. Los detalles del proceso de realización en general nunca son dados. Se espera que las esencias actúen como modelos que mantienen eternamente sus identidades, mientras que las entidades particulares son concebidas como meras copias de estos modelos que se asemejan a ellas con un grado de perfección mayor o menor. Deleuze reemplaza la falsa génesis basada en formas preexistentes que se mantienen igual a través del tiempo, con una teoría de la morfogénesis basada en la noción de lo diferente. Él no concibe la diferencia de forma negativa, como la ausencia de semejanza, sino de forma positiva o productiva, como aquello que dirige un proceso dinámico. El mejor ejemplo de este concepto de la diferencia es el de las diferencias de intensidad, como las diferencias de temperatura, presión, velocidad y concentración química que figuran en la explicación científica de la génesis de la forma, desde los cristales inorgánicos hasta las formas orgánicas de las plantas y los animales (…)

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(…) En el capítulo cuatro prosigo a dar una breve cuenta de su epistemología. Para cualquier filósofo realista, estas 2 áreas deben estar, en efecto, relacionadas de forma íntima. Esto se ve claramente en el caso del realismo ingenuo, donde la verdad es concebida como una relación de correspondencia entre una serie de hechos acerca de la clase de entidades que pueblan la realidad, por un lado, y una serie de enunciados que expresan tales hechos, por el otro. En la versión esencialista del realismo ingenuo, las diferentes clases de entidades (las especies, los géneros) agotan todo lo que hay por descubrir en el mundo. Hoy como las esencias son eternas se sigue que el contenido objetivo del mundo está básicamente cerrado, y qué clases de entidades completamente nuevas no pueden emerger espontáneamente (…)

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En el capítulo cuatro no sólo trato de reemplazar la idea de una correspondencia simple, sino más bien devaluar la idea misma de la verdad. En otras palabras, argumentaré que incluso cuando uno acepta que existen enunciados que expresan hechos reales, se puede sostener aún que muchas de esas verdades son triviales. El rol del pensador no es simplemente producir verdades, sino distinguir entre la vasta población de enunciados verdaderos aquellos que son importantes y significativos de aquellos que no lo son. Lo importante y lo significativo, y no la verdad en sí, son los conceptos clave en epistemología de Deleuze, Y nuestra tarea será la de clarificar estos conceptos impidiendo que sean reducidos a evaluaciones subjetivas o convenciones sociales. Este punto puede aclararse si en vez de contrastar la posición de Deleuze con la versión lingüística de la teoría de la correspondencia, lo hacemos con la matemática. En este caso, el realismo ingenuo postula que existe una relación de correspondencia entre los estados de un objeto físico y las soluciones de las ecuaciones matemáticas que supuestamente capturan la esencia de un fenómeno. En contraste, Deleuze destaca el rol de los problemas correctamente planteados. Un problema está bien planteado si captura una distribución objetiva de lo importante y lo no importante o, expresado de forma matemática, de lo singular y lo ordinario.

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El capítulo 4 explora esta epistemología de los problemas y la compara con las versiones axiomáticas más familiares que predominan en las ciencias físicas. Para anticipar la conclusión principal del capítulo, mientras que una epistemología axiomática destaca el rol de las leyes generales, tenía una epistemología problemática tales leyes desaparecen para ser reemplazadas por distribuciones de lo singular y lo ordinario en espacios de posibilidades (…) el mismo mundo emerge transformado: la idea de que puede haber un conjunto de enunciados verdaderos que nos den los hechos de una vez por todas, una idea que presupone un mundo cerrado y finalizado, da paso a un mundo abierto lleno de procesos divergentes que producen entidades nuevas e inesperadas (…)

 

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