Puerta y umbral, en Agamben, Giorgio (2022): Cuando la casa se quema. Desde el dialecto del pensamiento. A.hache

 20-21

El término “puerta” posee dos significados diferentes, que con frecuencia el uso tiende a confundir. Por una parte, designa una apertura, un acceso y, por la otra, el cerramiento que la ocluye o la abre. En el primer sentido, la puerta es esencialmente un pasaje y un umbral; en el segundo es la estructura que cierra y separa un espacio de otro. La puerta-acceso es un espacio vacío, delimitado a ambos lados por una pared, debajo por un umbral y arriba por un arquitrabe; la puerta-cerramiento es un objeto construido con los materiales más variados, fijado habitualmente a las paredes mediante goznes, y al girar en ello se abre o se cierra, permite o impide el paso.

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Desde el momento en que la puerta-umbral se encuentra casi siempre acompañada por una puerta-cerramiento, las dos realidades a menudo se confunden, hasta tal punto que Simmel llegó a definir la puerta en relación con el puente precisamente a través de la posibilidad de ser cerrada.

Mientras que en la correlación separación-unión, el puente pone el acento en esta última y supera la distancia entre sus pies, que vuelve visible y mesurable, la puerta muestra del modo más resuelto como unión y separación no son sino las dos caras de un mismo acto […] precisamente porque también puede ser abierta, su clausura transmite el sentido de separación respecto de lo que está fuera con mayor fuerza que una pared desnuda e inarticulada.

(…)

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Estamos tan habituados a considerar que los 2 tipos de puerta son inseparables, que olvidamos que no sólo son distintas, sino que cumplen 2 funciones en cierto sentido opuestas. En la puerta-acceso lo esencial es traspasar un umbral; en la puerta-cerramiento de lo que se trata es de poder cerrar o abrir el pasaje. Puede decirse, entonces, que la puerta-cerramiento es un dispositivo inventado para controlar las puertas-umbrales, para limitarla incondicionada apertura que ellas representan. De aquí, también, la interminable fila de guardianes de la puerta, ángeles o porteros, cerrojos y códigos digitales, que deben asegurar que el dispositivo funcione correctamente y no permita entrar a quien no tiene derecho a hacerlo.

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Para garantizar la inviolabilidad del umbral, existen, sin embargo, incluso mecanismos más sofisticados e implacables. Uno de ellos es la sanción que, en el derecho romano, castigaba con la muerte a quien transgredía un umbral prohibido, por ejemplo, a partir del legendario asesinato de Remo, los muros de la ciudad. Como sugiere el término [sanctio], el muro se vuelve con ello sanctus, es decir, en palabras de Ulpiano, ab iniuria hominum defensum atque munitum, defendido y protegido contra la ofensa de los seres humanos. Y es sobre la base de este modelo que los juristas comenzaron a considerar “santa” a la ley, que se volvió así el paradigma de esa inviolabilidad, la cual definía originariamente el régimen del umbral. La ley es la puerta-cerramiento que prohíbe o permite el pasaje de las acciones en los umbrales que articulan las relaciones entre los individuos. Ella, como muestra sin equívocos la fábula kafiana, coincide con la propia puerta, no es sino una puerta.

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(…) en la decoración del Palazzo Abatellis, Scarpa había suspendido en el aire un portal gótico de piedra sobre una pared, donde ningún acceso era posible. Si la puerta no es un sitio, sino el pasaje y el ingreso entre dos sitios, aquí ella misma parece volverse un sitio, tal vez el sitio por excelencia, cuyo posible uso, sin embargo, todavía no está claro. En cualquier caso, la puerta colocada delimita ahora un espacio en el cual se podría caminar, detenerse a meditar, dudar, quizás incluso habitar, pero no cerrarla ni simplemente atravesarla. El acceso [adito] se ha vuelto un ámbito: un paso desde un sitio hacia otro, expresado por el prefijo ad-, cede su lugar al recorrido -expresado por la partícula ambi- que recorre un cierto territorio, que sigue pacientemente su contorno.

(…)

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Independientemente de que lo oculto tras el cerrojo sea maravilloso (…) u horrendo (…), se trata, de cualquier modo, de algo que no debía ser visto ni conocido. La puerta-cerramiento es, pues, la cifra de la transgresión y de la culpa y, como Pablo decía de los mandamientos de la Torá, la puerta existe para que el pecado abunde.

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Rites de passage, así se llaman en el folklore las ceremonias conectadas con la muerte, el nacimiento, las bodas, la pubertad, etcétera. En la vida moderna estos pasajes se han vuelto cada vez más irreconocibles e imperceptibles. Nos hemos hecho más pobres en experiencias de umbral” (GS, V, I, O2aI, p. 617)

 

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