Winner, Langdon (2008): La ballena y el reactor. Una búsqueda de los límites en la era de la alta tecnología. Barcelona: Gedisa

 11-12

¿Por qué será que la filosofía de la tecnología en realidad nunca se inició? ¿Por qué una cultura tan firmemente basada en incontables instrumentos, técnicas y sistemas sofisticados se mantiene incólume en su renuencia a examinar sus propios fundamentos? Gran parte de la respuesta podemos hallarla en la asombrosa influencia de la idea de «progreso» en el pensamiento social durante la era industrial. En el siglo XX se da habitualmente por sentado que los únicos medios confiables para mejorar la condición humana provienen de las nuevas máquinas, técnicas y productos químicos. Incluso los recurrentes males sociales y medioambientales que acompañan a los adelantos tecnológicos rara vez han socavado esa fe (…) Dado que, de acuerdo con el saber general, los criterios que toman forma en la esfera del «hacer» son de interés sólo para los profesionales, y dado que la esencia misma del «uso» se refiere a su ocurrencia ocasional, inocua y no estructurante, cualquier cuestionamiento más profundo parece irrelevante.

 20-21

¿Dónde agregaron las tecnologías modernas, si es que lo hicieron, actividades fundamentalmente nuevas al conjunto de cosas que hacen los seres humanos? ¿Dónde y cómo las innovaciones en la ciencia y en la tecnología comenzaron a alterar las mismas condiciones de vida? (…) Una de estas posibilidades es la de alterar la biología humana por medio de la ingeniería genética. Otra es la fundación de asentamientos permanentes en el espacio exterior. Estas dos posibilidades ponen en tela de juicio lo que significa ser humano y qué constituye «la condición humana» (…) la mayoría de las transformaciones que se producen a raíz de la innovación tecnológica en realidad son variaciones de antiquísimos patrones. La máxima filosóficamente conservadora de Wittgenstein («Aquello que debe ser aceptado, lo dado, son –podría decirse– formas de vida») bien podría ser la regla guía de una fenomenología de la práctica técnica.

21

Aquí el concepto de producción de Marx es muy amplio y sugerente. Revela la total deficiencia de cualquier interpretación que considere el cambio social un mero «efecto colateral» o «un impacto» de la innovación tecnológica. Mientras que indica medios de producción que mantienen la vida en un sentido inmediato y físico, la visión de Marx se extiende hacia una comprensión general del desarrollo humano en un mundo de diversos recursos naturales, herramientas, máquinas, productos y relaciones sociales. Es evidente que la noción no es de interacción humana ocasional con aparatos y condiciones materiales que no afectan a los individuos. Al cambiar la forma de los elementos materiales, señala Marx, también cambiamos nosotros.

22

Aplicadas a la comprensión de la tecnología, las filosofías de Marx y Wittgenstein dirigen nuestra atención hacia la estructura de la existencia diaria. Wittgenstein señala una gran variedad de prácticas culturales que comprende nuestro mundo común. Al pedirnos que advirtamos «qué decimos en qué momento», su enfoque puede ayudarnos a reconocer la manera en la cual la lengua refleja el contenido de la práctica tecnológica.

23

(...) Al proponer una actitud en la cual las formas de vida deben ser aceptadas como «lo dado», Wittgenstein decide que la filosofía «deja todo tal como está». Aunque algunos wittgensteinianos se esfuerzan por señalar que esta posición no necesariamente convierte al filósofo en un conservador en sentido económico o político, pareciera que, en lo que respecta al estudio de las formas de vida en el terreno de la tecnología, Wittgenstein nos deja con poco más que un tradicionalismo pasivo (...)

24

A pesar de sus defectos, las filosofías de Marx y Wittgenstein comparten un valioso pensamiento: la observación de que la actividad social es un proceso constante de construcción del mundo. A lo largo de sus vidas las personas se juntan para renovar la red de relaciones, transacciones y significados que mantienen su existencia común. De hecho, si no nos comprometiéramos en esta continua actividad de producción material y social, el mundo humano literalmente se caería a pedazos. Todos los roles y estructuras sociales – desde los más gratificantes hasta los más opresores– de algún modo deben ser restaurados y reproducidos con cada nuevo día.

Desde este punto de vista, la pregunta crucial acerca de la tecnología se convierte en: a medida que «hacemos funcionar las cosas», ¿qué clase de mundo estamos construyendo? Esto sugiere que prestemos atención no sólo a la fabricación de instrumentos y procesos físicos, aunque por supuesto esto sigue siendo importante, sino también a la producción de condiciones psicológicas, sociales y políticas como parte de cualquier cambio técnico significativo. ¿Vamos a diseñar y construir circunstancias que aumenten las posibilidades de crecimiento de la libertad humana, de la sociabilidad, inteligencia, creatividad y autogobierno? O ¿nos dirigimos en una dirección completamente diferente? Es cierto que no todas las innovaciones tecnológicas incluyen elecciones de gran significación. Algunos adelantos son más o menos inocuos; otros producen modificaciones sólo triviales en nuestra forma de vida. Pero en general, allí donde existen cambios sustanciales en lo que hacen las personas y a costa de una inversión sustancial de recursos sociales, vale la pena preguntarse de antemano por las cualidades de los artefactos, las instituciones y las experiencias humanas actualmente en la mesa de dibujo.

25

¿Tienen política los artefactos?

No existe idea más provocativa en las controversias acerca de la tecnología y la sociedad que la noción de que los objetos técnicos poseen cualidades políticas. Está en discusión la afirmación de que las máquinas, las estructuras y los sistemas de la cultura material moderna pueden ser juzgados adecuadamente no sólo por su contribución a la eficiencia y productividad y por sus efectos secundarios ambientales positivos y negativos, sino también por la manera en que pueden encarnar formas específicas de poder y autoridad. Dado que las ideas de este tipo constituyen una presencia persistente y problemática en las discusiones sobre el significado de la tecnología, merecen una atención explícita.

A principios de la década de 1960, Lewis Mumford hizo una formulación clásica de una versión del tema, sosteniendo que, «desde los antiguos tiempos neolíticos en el Cercano Oriente hasta nuestros días, han convivido dos tecnologías de forma recurrente: una autoritaria, la otra democrática, la primera centrada en el sistema, inmensamente poderosa, pero inherentemente inestable; la otra centrada en el hombre, relativamente débil, pero inventiva y durable». Esta es una tesis central en los estudios de Mumford sobre la ciudad, la arquitectura y la historia de la técnica, y refleja preocupaciones expresadas con anterioridad en las obras de Peter Kropotkin, William Morris y otros críticos del industrialismo del siglo XIX.


25-26

(...) Durante la década de 1970, los movimientos antinucleares y a favor de la energía solar en Europa y Estados Unidos adoptaron una noción similar como elemento central de sus argumentos. Según el ecologista Denis Hayes: «El creciente despliegue de instalaciones nucleares debe dirigir a la sociedad hacia el autoritarismo. De hecho, la plena confianza en el poder nuclear como principal fuente de energía sólo es posible en un estado totalitario». Haciéndose eco de los puntos de vista de muchos defensores de la tecnología apropiada y del camino de las energías blandas***, Hayes sostiene que «las fuentes solares dispersas son más compatibles que las tecnologías centralizadas con la igualdad social, la libertad y el pluralismo cultural».

26-27

No es sorprendente que sistemas técnicos de diversas clases estén intensamente involucrados en las condiciones de la política moderna. Las disposiciones físicas de la producción industrial, la guerra, las comunicaciones, etcétera, han modificado de forma fundamental el ejercicio del poder y la experiencia de la ciudadanía. Sin embargo, ir más allá de este hecho obvio y discutir que ciertas tecnologías en sí mismas poseen propiedades políticas parece, a primera vista, completamente equivocado. Todos sabemos que las personas tienen política, no las cosas (...) De ahí el severo consejo que se suele dar a aquellos que le dan vueltas a la idea de que los artefactos técnicos poseen cualidades políticas: lo que importa no es la tecnología misma, sino el sistema social o económico en el que se insertan. Esta máxima, que en diversas variaciones es la premisa central de una teoría que puede llamarse la «determinación social de la tecnología», es de evidente sabiduría. Sirve como un correctivo necesario para aquellos que indiscriminadamente se centran en temas tales como «el ordenador y sus impactos sociales», pero no miran detrás de los aparatos técnicos para ver las circunstancias sociales de su desarrollo, despliegue y utilización. Este punto de vista proporciona un antídoto para el determinismo tecnológico ingenuo: la idea de que la tecnología se desarrolla como único resultado de una dinámica interna y después, sin ninguna otra influencia, moldea a la sociedad para que ésta se ajuste a sus patrones. No han ido muy lejos aquellos que no han reconocido las diversas formas en que las tecnologías están moldeadas por fuerzas sociales y económicas.

28

La teoría de la política tecnológica hace hincapié en el ímpetu de los sistemas sociotécnicos a gran escala, en la respuesta de las sociedades modernas a determinados imperativos tecnológicos y en la manera en que los objetivos humanos son poderosamente transformados a medida que se adaptan a los medios técnicos. Esta perspectiva proporciona un nuevo marco de interpretación y explicación para algunos de los patrones más desconcertantes que se han formado en y alrededor del crecimiento de la cultura material moderna. Su punto de partida es la decisión de tomar en serio los artefactos técnicos. En lugar de insistir en que reduzcamos todo de forma inmediata a la interacción de las fuerzas sociales, la teoría de la política tecnológica sugiere que prestemos atención a las características de los objetos técnicos y al significado de esas características. Un necesario complemento de, en lugar de un reemplazo para, las teorías de la determinación social de la tecnología, este abordaje identifica a ciertas tecnologías como fenómenos políticos por derecho propio. Nos devuelve, por citar el precepto filosófico de Edmund Husserl, a las cosas mismas.

28-29

A continuación delinearé e ilustraré dos maneras en las cuales los artefactos pueden contener propiedades políticas. En primer lugar se encuentran los casos en los que la invención, el diseño o la disposición de un dispositivo o sistema técnico específico se convierte en una manera de resolver un tema en los asuntos de una comunidad en particular. Bien enfocados, estos ejemplos son bastante directos y fáciles de entender. En segundo lugar se encuentran los casos que pueden denominarse de «tecnologías inherentemente políticas», sistemas hechos por el hombre que parecen requerir o ser fuertemente compatibles con tipos particulares de relaciones políticas. Los argumentos sobre casos de esta clase son mucho más problemáticos y cercanos al núcleo del asunto. Con el término «política» quiero decir disposiciones de poder y autoridad en asociaciones humanas, así como actividades que tienen lugar dentro de esas disposiciones. Para lo que aquí me ocupa, el término «tecnología» abarca todo artificio práctico moderno;

31-32

(...) por lo general, no nos detenemos a pensar si un artefacto dado podría haber sido diseñado y construido de manera tal que produzca una serie de consecuencias lógica y temporalmente previas a cualquiera de sus usos declarados. Después de todo, los puentes de Robert Moses se utilizaban para transportar automóviles desde un punto hasta otro; las máquinas de McCormick, para producir fundiciones de metal; sin embargo, ambas tecnologías encerraban propósitos que iban mucho más allá de su uso inmediato. Si nuestro lenguaje moral y político para evaluar la tecnología incluye solamente categorías relacionadas con herramientas y usos, si no incluye cierta atención al significado de los diseños y las disposiciones de nuestros artefactos, en ese caso estaremos ciegos a muchas cosas que son intelectual y prácticamente cruciales.

32

(...) muchos de los ejemplos más importantes de tecnologías que tienen consecuencias políticas trascienden por completo las simples categorías de «intencionados» o «no intencionados». Estos son ejemplos en los cuales el propio proceso de desarrollo técnico está tan inclinado en una dirección en particular que por lo general produce resultados que algunos intereses sociales proclaman admirables adelantos y otros consideran fracasos aplastantes. En estos casos no es ni correcto ni perspicaz decir: «Alguien tuvo la intención de hacer daño a otra persona». Más bien debemos decir que la plataforma tecnológica ha sido preparada de antemano para favorecer ciertos intereses sociales y que algunas personas inevitablemente recibirán más que otras.

34

(...) lo que observamos aquí es un proceso social progresivo en el cual el conocimiento, la invención tecnológica y el beneficio corporativo se fortalecen el uno al otro formando patrones profundamente arraigados, patrones que llevan el inconfundible sello del poder político y económico. Durante muchas décadas la investigación y el desarrollo agrícola en las facultades y universidades cedidas por el gobierno en Estados Unidos (land-grant colleges)*** han tendido a favorecer los intereses de grandes empresas de negocios agrícolas. Es debido a estos patrones sutilmente arraigados que los opositores de tales innovaciones como la cosechadora de tomates son considerados a «antitecnología» o «antiprogreso», pues la cosechadora no es simplemente un símbolo de un orden social que beneficia a unos a la vez que castiga a otros; es verdaderamente la personificación de dicho orden.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Pallasmaa, Juhani (2018): Habitar.

Sautu, Ruth (2005): Todo es Teoría. Objetivos y Métodos de Investigación (parcial)

Allen, S. (2009). Del objeto al campo: condiciones de campo en la arquitectura y el urbanismo